viernes, 20 de noviembre de 2015

Amor sabio


«Esas pocas parejas que, de una manera excepcional, viven una relación intensa y feliz durante toda su vida [se caracterizan, en primer lugar, por] la continua práctica del rito del cortejo […], como si siempre se encontrasen en la fase inicial de su relación. Este fenómeno no se refiere solo al ámbito erótico, sino que también tiene que ver con la seducción.
Por desgracia, como resulta evidente para todos, en la gran mayoría de las parejas se observa precisamente lo contrario: al cabo de un tiempo, el cortejo y la seducción se desvanecen y dan lugar a una envilecedora habituación a la vida en pareja y en familia.
Un segundo componente estrechamente relacionado con el primero, típico de las parejas felices para siempre, es la complicidad: es decir, los dos miembros de la relación mantienen un contacto continuo a través de una alianza de la que ambos participan. Si están rodeados de muchas personas, se lanzan miradas cómplices entre ellos; si uno de los dos se equivoca, el otro se pone de su parte sin criticarlo, y solo más tarde le hace ver el error; ante cualquier problema del compañero, ella se pone de su lado, sin sustituirlo, sino haciéndole sentir presente su apoyo.
Lo contrario en este sentido también es evidente si observamos lo que sucede normalmente en las dinámicas de pareja.
Por último, la tercera característica, quizás aún menos frecuente, que connota la relación amorosa a largo plazo es la exclusividad: es decir, lo que ocurre entre las dos personas es único e irrepetible con otro sujeto. Esta característica no es una inclinación natural de la relación, sino algo que, como las dos anteriores, ha de construirse y cultivarse, y, como las flores más bellas, si no se riega, se marchita en una noche.» (Giorgio Nardone, Los errores de las mujeres en el amor, Editorial Paidós, Barcelona, 2011)


martes, 3 de noviembre de 2015

O nosotros o ellos

«Al mundo lo amenazan tres plagas, tres pestes.
La primera es la plaga del nacionalismo.
La segunda es la plaga del racismo.
Y la tercera es la plaga del fundamentalismo religioso.
Las tres tienen un mismo rasgo, un denominador común: la irracionalidad, una irracionalidad agresiva, todopoderosa, total. No hay manera de llegar a una mente tocada por cualquiera de estas plagas. En una cabeza así constantemente arde una santa pira en espera de víctimas. Todo intento de entablar una conversación serena está condenado al fracaso. Aquí no se trata de una conversación sino de una declaración. Que asientas a lo que él dice, que le concedas la razón, que firmes tu adhesión. Si no lo haces, ante sus ojos no tienes ninguna importancia, no existes, pues sólo cuentas como un instrumento, como un arma. No existen las personas, existe la causa.
Una mente tocada por semejante peste es una mente cerrada, unidimensional, monotemática y sólo gira en torno de un único tema: el enemigo. Pensar sobre el enemigo nos alimenta, nos permite existir. Por eso el enemigo siempre está presente, nunca nos abandona. […] [El] mundo [está] regido por una diáfana ley de exclusividad: o nosotros o ellos.» (Ryszard Kapuscinski, El Imperio, Editorial Anagrama, Barcelona, 2004, pág. 266-267)