lunes, 14 de diciembre de 2015

A todas horas pastillas, verdes, rojas y amarillas


«Las empresas farmacéuticas modernas han amasado grandes cantidades de dinero rentabilizando el poder y la ubicuidad del efecto placebo. La mejor manera de obtener excelentes resultados con una pastilla es tratando con ella a personas que en realidad no la necesitan; los mayores índices de respuesta al placebo se dan en sujetos que mejorarían por sí solos de manera natural. El truco publicitario verdaderamente brillante fue crear una burbuja de inflación diagnóstica persuadiendo a los médicos de que tratasen a pacientes que no estaban verdaderamente enfermos y, al mismo tiempo, convenciendo a los pacientes de que sí lo estaban. Ampliar la cuota de mercado para incluir a las PERSONAS SANAS PREOCUPADAS no sólo aumentaba el número de clientes, sino que garantizaba la satisfacción de los mismos. […]
Dos brillantes éxitos comerciales ilustran el poder, no sólo curativo, sino también económico, del placebo. Casi tres cuartas partes del 11% de la población de EE. UU. que consume actualmente antidepresivos no presenta síntomas de depresión. Algunas de esas personas volverían a enfermar de nuevo si dejasen de tomar pastillas; las necesitan como protección profiláctica frente a la reaparición de una depresión crónica. Sin embargo, muchos clientes fieles son personas que responden involuntariamente al placebo y se curan de manera espontánea (pero no lo saben) y les da miedo fastidiarla. Una parte considerable de los 12.000 millones de dólares que se gastan cada año en antidepresivos en EE. UU. recompensa a las empresas farmacéuticas por promocionar el uso demasiado generalizado de lo que para muchos pacientes no son más que placebos muy promocionados, exagerados y muy caros, recetados como consecuencia de un diagnóstico falso.
Otro caso paradigmático es la historia del sorprendente éxito del Buspar y cómo se convirtió inesperadamente en uno de los fármacos más vendidos de la historia a pesar de tener poca o ninguna eficacia. Cuando Buspar apareció en el mercado, le dije a un ejecutivo de la empresa farmacéutica que seguramente sería un fracaso absoluto porque no funcionaba. No dijo nada, pero me sonrió de manera condescendiente, probablemente porque sabía algo que a mi ingenuidad se le escapaba. El aparente inconveniente de tener muy poca eficacia (si es que tenía alguna) contra la ansiedad, quedaba más que compensado por el hecho de no tener prácticamente ningún efecto secundario. Al ser un placebo perfecto, fácil de usar y no caro, era el medicamento idóneo para generar enormes beneficios.
[…] Estaría bien que la gente fuera más escéptica ante las afirmaciones de la industria farmacéutica de que las preocupaciones y desgracias del día a día no son más que un “desequilibrio químico” que puede solucionarse con una pastilla.» (Allen Frances, ¿Somos todos enfermos mentales?, Ariel, Barcelona, 2014, pág. 128-131)

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