martes, 31 de agosto de 2010

Peras al peral, no al olmo


Existen cuatro temperamentos o maneras innatas básicas de comportarse desde el punto de vista emocional:

a) El sanguíneo es inquieto, vivaz, extrovertido, optimista, divertido y voluble. Reacciona rápidamente a los estímulos, se adapta deprisa a los cambios y toma decisiones sin reflexionar demasiado.
b) El melancólico es tímido, introvertido, reflexivo, perfeccionista y analítico. Al ser sensible, se ofende fácilmente y pueden caer en la tristeza sin razón aparente, pero también disfruta profundamente de actividades como el estudio o el arte.
c) El colérico es impulsivo, ambicioso, audaz, práctico e independiente. Pisa fuerte para lograr las metas que se propone y es un buen líder, aunque puede llegar a intimidar y controlar en exceso.
d) El flemático es tranquilo, pausado, leal y bonachón. Amante de las rutinas, no le atraen los cambios y reacciona con lentitud a los estímulos. Antes de tomar una decisión, la medita profundamente.

“Conócete a ti mismo”, decían los griegos. Si intuyes que eres melancólico, no te hagas policía antidisturbios. Si eres sanguínea, no durarás mucho como bibliotecaria. Y conoce a los demás. No le pidas demasiado a menudo a tu pareja flemática salir a bailar a la discoteca. Busca a tu amigo colérico, en cambio, si quieres montar un equipo de rugby. Un buen ejercicio para mejorar nuestras relaciones interpersonales consistiría en ver de qué pie cojean aquellos con quienes nos relacionamos más a menudo. Sin olvidar, claro está, que estos cuatro modelos no son compartimentos estanco, que existen temperamentos mixtos y que tod@s evolucionamos a lo largo de la vida.

martes, 24 de agosto de 2010

Una historia estimulante

“Hace algunos años una revista americana publicó la historia de una profesora de instituto de matemáticas. Una tarde pidió a sus alumnos que escribiesen los nombres de todos sus compañeros de clase, dejando un espacio entre cada nombre. Después les pidió que pensasen y apuntasen en la hoja una cualidad, algo especial, que quisiesen destacar acerca de cada uno de sus compañeros. Al final de la clase recogió las hojas y durante el fin de semana preparó un folio con el nombre de cada alumno, y allí reunió todos los cumplidos que había merecido por parte de sus compañeros. Entregó su hoja a cada alumno. El contenido de los folios no se discutió nunca en clase —cada alumno leyó su folio en privado— pero quedó claro por los comentarios que se escucharon aquella tarde —«no sabía que les caía tan bien», «pensaba que no le importaba de verdad a nadie»— que los alumnos vivieron el ejercicio de forma muy positiva.

Varios años más tarde uno de estos alumnos, un joven llamado Mark Eklund, murió en Vietnam. Cuando el cuerpo fue repatriado a Minnesota casi todos sus antiguos compañeros, y la profesora de matemáticas, asistieron al funeral. Después del funeral el padre del joven soldado dijo a la profesora: «Quiero enseñarle algo», y sacó una billetera de su bolsillo. «La tenía Mark cuando lo mataron. Creo que era importante para él y que tiene que ver con usted». Abrió la billetera y sacó dos folios de papel gastados por el uso. Era la lista de cualidades que los compañeros de Mark habían elaborado hacía años. A raíz de aquello muchos compañeros de Mark reconocieron que para ellos también aquella lista había sido importante: casi todos la guardaban en un lugar valioso para ellos. Uno dijo: «Creo que todos hemos conservado nuestra lista».”

Elsa Punset, Brújula para navegantes emocionales, Aguilar, 2008, pág. 129-130.

Una vez más, queda demostrado el poder de los pequeños gestos para lograr grandes cambios. Con la calderilla de unos pocos ricos, no tardaríamos en mejorar la situación de la mayoría de los pobres (de50en50.blogspot.com). Con un poco de generosidad emocional, podríamos contribuir a alegrar la vida de quienes nos rodean, y, de paso, la nuestra. El egoísmo inteligente beneficia a tod@s. ¿Os imagináis la satisfacción de aquella maestra de matemáticas? ¿Puede haber un regalo mayor que el que recibieron sus alumnos? Tal vez en tu entorno alguien no acaba de creer en sí mismo o en el mundo que le rodea... ¿No tendrás por ahí una palabra de apoyo?

sábado, 21 de agosto de 2010

Citas para pensar (II)


“No he nacido para un solo rincón, mi patria es el mundo entero.” (Séneca)
“El premio de una buena acción es haberla hecho.” (Séneca)
“La duración de mi vida no depende de mí; que durante este tiempo yo viva realmente, eso sí depende de mí.” (Séneca)
La xenofobia es una enfermedad de sujetos miedosos y con complejo de inferioridad que tiemblan ante la perspectiva de verse obligados a reflejarse en el espejo de una cultura ajena.” (R. Kapuscinski) 
“La riqueza consiste mucho más en disfrutar que en poseer.” (Aristóteles)
“Dejar de aprender es empezar a morir.” (Rubén Méndez Cebrián)
“Todos tenemos pensamientos necios, pero el sabio se los calla.” (Wilhelm Busch)
“El único medio de salir ganando de una discusión es evitarla.” (Dale Carnegie)
“Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia.” (Marcel Proust)
“Con la felicidad pasa como con los relojes, los menos complicados son los que menos se estropean.” (Sébastien Roch Nicolas Chamfort)
“La vida, cuanto más vacía está, más pesa.” (León Daudí)
“Estar contentos con poco es difícil, con mucho es imposible.” (Marie Ebner-Eschenbach)
“La mayoría de los hombres prefieren parecer que ser.” (Esquilo)
“Las verdades más sencillas son aquellas a las que el hombre llega más tarde.” (Ludwig Feuerbach)
“La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria.” (Edwige Caroline Cunati Feuillère)
“Quien compra lo superfluo no tardará mucho a verse obligado a vender lo que es necesario.” (Benjamin Franklin)
“Por favor, queredme poco si deseáis quererme mucho tiempo.” (Robert Herrick)
“Vale más estar callado y que sospechen tu necedad que hablar para sacarlos de la duda.” (Abraham Lincoln)
“¿Quieres tener mucha gente contigo? Procura no necesitar a nadie.” (Alessandro Manzoni)
“La suerte no consiste más que en la habilidad de aprovechar las ocasiones favorables.” (Orison S. Marden)
“Todo placer esperado es más grande que el obtenido.” (Pietro Metastasio)
“Quien teme sufrir sufre ya lo que teme.” (Michel de Montaigne)
“La felicidad no es una estación a la que se llega sino una manera de viajar.” (Margaret Lee Runbeck)
“Si te sientes solo cuando estás solo, entonces te encuentras en mala compañía.” (Jean-Paul Sartre)
“Para conseguir lo que quieres te servirá más la sonrisa que la espada.” (William Shakespeare)
“Con los defectos de los otros el sabio corrige los propios.” (Publilio Sirio)
“Nunca he dejado que mi instrucción escolar interfiriese con mi educación.” (Mark Twain)
“Hemos alterado tan radicalmente nuestro entorno que ahora hemos de modificarnos a nosotros mismos para poder existir en él.” (Norbert Wiener)
“La mayoría de nosotros cree que la verdadera vida es la que no llevamos.” (Oscar Wilde)
“Un placer como el de una conversación perfecta es necesariamente extraño, ya que quienes son sabios rara vez hablan y quienes hablan rara vez son sabios.” (Ling Yutang)
“Algún dinero evita las preocupaciones. Mucho, las atrae.” (Confucio)
“Sólo puede ser feliz siempre quien sea feliz con todo.” (Confucio)
“El primer bien, después de la salud, es la paz interior.” (François de la Rochefoucauld)
“Para comprender que el cielo es azul en todas partes, no hace falta dar la vuelta al mundo.” (Johann Wolfgang Goethe)
“La Luna irradia su luz por todo el cielo; sus partes oscuras las guarda para ella sola.” (Rabindranath Tagore)
“Antes de juzgar a alguien, camina tres lunas con sus mocasines.” (proverbio sioux)
“La vida no es más que la continua maravilla de existir.” (Rabindranath Tagore)
“O vivimos todos juntos como hermanos o pereceremos como imbéciles.” (Martin Luther King)

¿Citas para pensar (I)?: clic.

martes, 17 de agosto de 2010

Dos clases de felicidad

Lo que para el cuerpo físico es el orgasmo lo es para nuestro cuerpo espiritual la felicidad. Es una sensación corta y abrumadora, es aquella iluminación que buscan los místicos y los poetas. No se puede ser feliz durante años o durante días enteros. Ni tan siquiera unas horas seguidas. Dostoievski la describe como un preludio a la epilepsia. Rilke habla de la “ferocidad” de la felicidad: es la belleza llevada hasta el límite de lo soportable, más allá del cual empieza el dolor. Tal vez sea Goethe el que mejor intuyó el criterio de felicidad: se es verdaderamente feliz cuando uno quiere que se detenga el tiempo, para conservar aquel momento por toda la eternidad. En cierta manera, la propia vida adquiere sentido si, en la serie infinita de momentos banales, grises, tristes, vergonzosos, ruines, miserables, aburridos de los que se compone cualquier vida se ha encendido , sin embargo, alguna vez, aunque sea una sola, la centella emocionante de la felicidad. “Viví una vez como los dioses y ya no hay otra cosa que desee”, escribe al respecto Hölderlin. Ésa es la verdadera felicidad, que la mayoría de los hombres no busca ni ambiciona, ya que los puede destruir. Vivir como los dioses, aunque sea por un momento, es una hybris que se paga.

No es ésta, desde luego, la felicidad de la Declaración de los Derechos Humanos. Cuando en ella se dice que los hombres persiguen la felicidad como bien supremo de la vida, estamos ante un sentido bien diferente de la palabra, mucho más “sociológico”, frente al sentido místico, estético y religioso de la primera acepción. La felicidad que buscan, por lo general, los hombres, no tiene nada que ver con las experiencias extáticas. Se trata, por el contrario, de la famosa Aurea Mediocritas de los antiguos, de cultivar el propio jardín, de la tranquilidad y la paz de una vida razonable, conveniente para el hombre, desprovista de ansiedad y excesos. En este sentido los filósofos envidiaban la vida simple y satisfecha de los pastores, los logros de quienes no tienen grandes ambiciones y se contentan con lo que les depara cada momento. Si a la felicidad orgásmica de la que antes he hablado podríamos llamarla trascendente, se trata aquí de una felicidad terrestre, inmamente. En el mundo actual consumista y globalizado parece que ya no conocemos otro sentido de la felicidad que este último: mediocre, utilitario, desprovisto de cualquier aspiración que vaya más allá de los tópicos materialistas: una casa confortable, un puesto de trabajo lucrativo, unas vacaciones en el Caribe (o por lo menos en Sinaia...), una familia y estabilidad económica. Un amor calentito (ya no se esfuerza uno ni siquiera en saber si quiere o no de verdad al otro), un trabajo no demasiado creativo, objetos (que recomienda la televisión) con los que poder rellenar cualquier espacio libre... Los hombres han olvidado completamente que recibieron un obsequio abrumador: el de existir en la maravilla del mundo, el de estar vivos, el de ser conscientes de sí mismos. Nunca se plantean preguntas como: ¿Quién soy yo en realidad? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿Acaso me ha sido dado algo tan maravilloso como el poder ver y oír tan sólo para ser conductor de autobús o agente publicitario? ¿Acaso he de morirme sin haber hecho nada en este mundo? Condenar este género de felicidad sería, a pesar de todo, en buena medida injusto, a mi entender, tanto como la condena en bloque del modo de vida occidental, ya que dicha condena encarna, en realidad, una reacción “elitista” frente a una felicidad “popular”. Creo que necesitamos ambos tipos de felicidad, que cada uno de ellos es fragmentario, pobre y exagerado si falta el otro. Creo, por otra parte, que son muy pocos tanto los poetas puros y extáticos como los consumistas completamente imbecilizados por la cerveza y la televisión. Somos todos, en realidad, una combinación de ambos, y el ideal humano podría ser, en consecuencia, una vida colmada y materialmente decorosa atravesada de cuando en cuando por los destellos delirantes de la grande y verdadera felicidad.

Mircea Cartarescu, Por qué nos gustan las mujeres, Editorial Funambulista, 2006, pág. 243-246

domingo, 1 de agosto de 2010

La tristeza y la furia


En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan sin darse cuenta...

En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas...

Había una vez...

Un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...

Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía.

Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.

La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida (sin saber por qué), se bañó rápidamente y, más rapidamente aún, salió del agua...

Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró...

Y sucedió que aquel vestido no era suyo, sino el de la tristeza...

Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa (o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla se dio cuenta de que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.

Jorge Bucay

(Si estás triste, sé solidari@ y no molestes a tu entorno. Probablemente quienes te rodean no tienen la culpa)