martes, 17 de agosto de 2010

Dos clases de felicidad

Lo que para el cuerpo físico es el orgasmo lo es para nuestro cuerpo espiritual la felicidad. Es una sensación corta y abrumadora, es aquella iluminación que buscan los místicos y los poetas. No se puede ser feliz durante años o durante días enteros. Ni tan siquiera unas horas seguidas. Dostoievski la describe como un preludio a la epilepsia. Rilke habla de la “ferocidad” de la felicidad: es la belleza llevada hasta el límite de lo soportable, más allá del cual empieza el dolor. Tal vez sea Goethe el que mejor intuyó el criterio de felicidad: se es verdaderamente feliz cuando uno quiere que se detenga el tiempo, para conservar aquel momento por toda la eternidad. En cierta manera, la propia vida adquiere sentido si, en la serie infinita de momentos banales, grises, tristes, vergonzosos, ruines, miserables, aburridos de los que se compone cualquier vida se ha encendido , sin embargo, alguna vez, aunque sea una sola, la centella emocionante de la felicidad. “Viví una vez como los dioses y ya no hay otra cosa que desee”, escribe al respecto Hölderlin. Ésa es la verdadera felicidad, que la mayoría de los hombres no busca ni ambiciona, ya que los puede destruir. Vivir como los dioses, aunque sea por un momento, es una hybris que se paga.

No es ésta, desde luego, la felicidad de la Declaración de los Derechos Humanos. Cuando en ella se dice que los hombres persiguen la felicidad como bien supremo de la vida, estamos ante un sentido bien diferente de la palabra, mucho más “sociológico”, frente al sentido místico, estético y religioso de la primera acepción. La felicidad que buscan, por lo general, los hombres, no tiene nada que ver con las experiencias extáticas. Se trata, por el contrario, de la famosa Aurea Mediocritas de los antiguos, de cultivar el propio jardín, de la tranquilidad y la paz de una vida razonable, conveniente para el hombre, desprovista de ansiedad y excesos. En este sentido los filósofos envidiaban la vida simple y satisfecha de los pastores, los logros de quienes no tienen grandes ambiciones y se contentan con lo que les depara cada momento. Si a la felicidad orgásmica de la que antes he hablado podríamos llamarla trascendente, se trata aquí de una felicidad terrestre, inmamente. En el mundo actual consumista y globalizado parece que ya no conocemos otro sentido de la felicidad que este último: mediocre, utilitario, desprovisto de cualquier aspiración que vaya más allá de los tópicos materialistas: una casa confortable, un puesto de trabajo lucrativo, unas vacaciones en el Caribe (o por lo menos en Sinaia...), una familia y estabilidad económica. Un amor calentito (ya no se esfuerza uno ni siquiera en saber si quiere o no de verdad al otro), un trabajo no demasiado creativo, objetos (que recomienda la televisión) con los que poder rellenar cualquier espacio libre... Los hombres han olvidado completamente que recibieron un obsequio abrumador: el de existir en la maravilla del mundo, el de estar vivos, el de ser conscientes de sí mismos. Nunca se plantean preguntas como: ¿Quién soy yo en realidad? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿Acaso me ha sido dado algo tan maravilloso como el poder ver y oír tan sólo para ser conductor de autobús o agente publicitario? ¿Acaso he de morirme sin haber hecho nada en este mundo? Condenar este género de felicidad sería, a pesar de todo, en buena medida injusto, a mi entender, tanto como la condena en bloque del modo de vida occidental, ya que dicha condena encarna, en realidad, una reacción “elitista” frente a una felicidad “popular”. Creo que necesitamos ambos tipos de felicidad, que cada uno de ellos es fragmentario, pobre y exagerado si falta el otro. Creo, por otra parte, que son muy pocos tanto los poetas puros y extáticos como los consumistas completamente imbecilizados por la cerveza y la televisión. Somos todos, en realidad, una combinación de ambos, y el ideal humano podría ser, en consecuencia, una vida colmada y materialmente decorosa atravesada de cuando en cuando por los destellos delirantes de la grande y verdadera felicidad.

Mircea Cartarescu, Por qué nos gustan las mujeres, Editorial Funambulista, 2006, pág. 243-246

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