sábado, 21 de febrero de 2009

Diógenes de Sinope

El filósofo cínico Diógenes de Sinope (412-323 a. de C.), alias el perro, ha pasado a la historia como un personaje excéntrico y genial. Se le atribuyen múltiples anécdotas, a cual más pintoresca.

Se dice que, hallándose tomando el sol dentro del tonel donde vivía, se le acercó Alejandro el Grande, que estaba de paso con sus tropas por Atenas y que había oído hablar de él. “Pídeme lo que quieras, que te lo concederé” –le ofreció Alejandro–. “Apártate, que me tapas el sol...” Touché!

En otra ocasión, Diógenes, que a menudo rebuscaba comida en las basuras, estaba lavando una hoja de lechuga en una fuente pública. Platón, que pasaba por allí y no lo podía ver ni en pintura, aprovechó para soltarle un dardo: “¡Si estuvieras en la corte adulando al tirano Dionisos, no tendrías necesidad de lavar lechugas!”. A lo cual replicó Diógenes: “¡Si lavaras lechugas, no tendrías por qué adular al tirano!”. Directo a la línea de flotación.

También se cuenta de él que murió voluntariamente conteniendo la respiración. Genio y figura, hasta la sepultura. Tras una vida en libertad, al margen de obligaciones que se le antojaban ridículas, burlándose del poder, de la riqueza y de todas las convenciones sociales, moría como había vivido, dueño de sí mismo.

Diógenes me ha venido a la mente porque hace unos días el diario 20 minutos dedicó este artículo a un “cínico” moderno que vive con tres euros al día: clic. Espero que lo disfrutes. (Ah, por cierto, ¿tú qué opinas de Joaquim Torres, te parece un loco o un cuerdo, un sabio o un necio?)

Y para concluir, unas cuantas frases célebres de Diógenes:
“Ojalá pudiéramos saciar nuestra hambre restregándonos el estómago” (tras masturbarse en el ágora, a la vista de tod@s).
“Todas las cosas son propiedad del sabio” (mientras trataba de justificar el robo).
“Soy conductor de hombres” (en respuesta a la pregunta “¿Cuál es tu profesión?”).
“Ni siquiera esto me hace falta” (al deshacerse de su cuenco, una de sus escasas pertenencias, tras observar cómo un niño bebía con sus manos de una fuente).
“Busco un hombre honesto” (mientras recorría las calles a plena luz del día con su lámpara encendida).
“Es lo que he hecho toda mi vida” (al hombre que le espetó “¿No ves que vas al revés?” cuando todos salían del teatro y Diógenes entraba a empujones).
“No he encontrado un sitio más sucio” (tras escupirle en la cara al amo de una lujosa casa donde le habían advertido que no manchase el suelo).

lunes, 9 de febrero de 2009

De problemas y contratiempos

«Ésta es una dramática historia que probablemente recordaré mientras viva. Me la contó Robert Moore, de Maplewood, New Jersey.

“Aprendí la mayor lección de mi vida en marzo de 1945 –dijo–. La aprendí a cien metros bajo el agua frente a la costa de Indochina. Yo era uno de los ochenta y ocho tripulantes del submarino Baya SS 318. Habíamos descubierto en el radar que se acercaba un pequeño convoy japonés. Próximo ya el amanecer nos sumergimos para atacar. Por el periscopio vi un destructor, un petrolero y un minador. Disparamos tres torpedos contra el destructor, pero fallamos. Algo se torció en el mecanismo de cada uno de los torpedos. El destructor, sin saber que había sido atacado, siguió su camino. Nos disponíamos a atacar al último barco, el minador, cuando éste cambió bruscamente de rumbo y vino directamente a por nosotros. [...] Descendimos a cincuenta metros, para evitar la detección y nos preparamos para una carga de profundidad. [...]

Tres minutos después, se desataron todas las furias del infierno. Seis cargas de profundidad hicieron explosión a nuestro alrededor y nos empujaron al fondo del océano, a una profundidad de unos cien metros. Estábamos aterrados. Ser atacados en menos de trescientos metros de profundidad es peligroso, menos de ciento cincuenta es casi fatal. Y nos estaban atacando a menos de cien metros [...]. Durante quince horas, el minador japonés estuvo arrojando cargas de profundidad. Si una carga hace explosión a cinco metros de un submarino, la sacudida abrirá un agujero en éste. Fueron docenas las cargas que explotaron a quince metros de nosotros. Nos ordenaron quedarnos echados en nuestras literas y en silencio y permanecer tranquilos. Yo sentía tanto pánico que apenas podía respirar. Me decía una y otra vez: ‘Esto es la muerte... Esto es la muerte... Esto es la muerte...’. Con los ventiladores y el sistema de refrigeración desconectados, el aire dentro del submarino subió hasta casi 40°, pero yo estaba tan helado de miedo que me puse un jersey y una chaqueta forrada de piel y seguía temblando de frío. Los dientes me castañeteaban y me invadió un sudor frío y pegajoso. El ataque duró quince horas. Luego cesó de repente. Al parecer el minador se quedó sin cargas de profundidad y se marchó. Aquellas quince horas de ataque me parecieron quince millones de años. Toda mi vida desfiló ante mí. Recordé todas las cosas malas que había hecho, todas las cosas absurdas que me habían preocupado. Antes de incorporarme a la Marina era empleado de banco. Me preocupaban las largas horas de trabajo, la escasa paga, las escasas perspectivas de ascenso. Me preocupaba no tener casa propia, no poder comprarme un nuevo coche, no poder comprarle a mi mujer ropa bonita. ¡Cómo odiaba a mi viejo jefe, que siempre me estaba regañando y reprendiendo! Recordé cómo llegaba a casa resentido y malhumorado, y me peleaba con mi esposa por nimiedades. Me preocupaba una cicatriz que tenía en la frente, un feo corte que me había hecho en un accidente de coche.

¡Qué grandes me habían parecido todas aquellas preocupaciones! Pero, ¡qué absurdas me parecían cuando las cargas de profundidad amenazaban con enviarme al otro mundo! En aquel momento me prometí que, si volvía a ver el sol y las estrellas, no volvería nunca a preocuparme. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! Aprendí más del arte de vivir en aquellas terribles quince horas en el submarino que de los libros durante mis cuatro años en la Universidad de Siracusa.”»

Dale Carnegie: Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, Edhasa, Barcelona, 1999, pág. 81-83.

Ejercicio práctico: elabora tu propia definición de problema, carencia, inconveniente y contratiempo. Asegúrate bien de no confundir unos términos con otros. Una vez hecho esto, encárgate de disfrutar del día.

viernes, 6 de febrero de 2009

Anticáncer

A David Servan-Schreiber, un prometedor y ambicioso psiquiatra, le fue diagnosticado un tumor cerebral a la edad de 31 años. Por suerte, lo superó. Años más tarde, lamentablemente, aquel cáncer se reprodujo. Si duro había sido aquel primer trago, el segundo fue terrible. Tras salir de nuevo bien parado, David se cuestionó muchas cosas. ¿Por qué él había resistido y otros no? ¿Por qué el cáncer alcanza en los países occidentales dimensiones de epidemia? ¿Por qué en países como la India o el Japón el número de casos es significativamente menor? Tras años de investigación, tras leer con pasión todo lo publicado sobre el tema, tras hablar con docenas de pacientes y colegas médicos, hoy nos ofrece sus conclusiones en Anti Cáncer.

En su libro, Servan-Schreiber nos da ciertos consejos clave:

a) Prescindir desde hoy mismo del tabaco, de los productos domésticos contaminantes y de los alimentos que, según todos los indicios, fomentan la aparición de la enfermedad: el azúcar refinado, la harina blanca, el arroz blanco, la carne de ganadería industrial y los aceites vegetales (salvo el de oliva, claro). Usar el sirope de agave o el sirope de stevia para endulzar; pasarse al pan, el arroz y la pasta integrales, y preferir los huevos de granja o el pescado como fuente de proteínas.

b) Introducir en nuestra dieta diaria alimentos cuyo poder antioxidante combate activamente los tumores: té verde, soja, jengibre, cúrcuma, coles, tomates, ajo, cebolla, setas, algas, hierbas aromáticas, frutas rojas, cítricos, uva, chocolate negro...

c) Controlar el estrés mediante yoga, ejercicios de respiración, meditación o deporte, y cultivar estados emocionales en que predominen la alegría y los sentimientos de conexión con quienes nos rodean. Está más que demostrado que todo ello fortalece las defensas naturales del organismo.

Anti Cáncer ha alcanzado la categoría de best seller mundial. Bien merecidamente, a mi entender. Es posible que tras leerlo tengas el coraje de dar un golpe de timón en pos de un estilo de vida más saludable. Desde luego, argumentos no te van a faltar. (Para saber más sobre la prevención del cáncer, busca en la red las entrevistas de La Contra de La Vanguardia a Odile Fernández, por el periodista Víctor Amela, y a Christopher Wild, por Lluís Amiguet.)

jueves, 5 de febrero de 2009

El arte de cerrar puertas

“Tenemos una compulsión irracional a mantener las puertas abiertas. Estamos hechos así. Pero eso no significa que no tengamos que intentar cerrarlas. Recordad aquel episodio de Lo que el viento se llevó: Rhett Butler dejando a Escarlata O’Hara, en la escena en que ella se le aferra y le suplica: “¿Qué me pasará? ¿Adónde iré yo?” Rhett, que ha tenido que aguantar demasiadas cosas de Escarlata y que finalmente se ha hartado, le contesta: “Francamente, querida, me importa un rábano”. No es casualidad que esta frase de la versión cinematográfica de la novela de Margaret Mitchell haya sido votada como la más memorable de toda la historia del cine. Es esta manera contundente de cerrar una puerta la que le otorga este atractivo general. Y a todos nos tendría que servir para recordar que tenemos puertas –grandes y pequeñas– que deberíamos saber cerrar.”

Dan Ariely: “Mantener las puertas abiertas”, en Las trampas del deseo. Los impulsos irracionales que influyen en nuestras decisiones cotidianas

¿Perteneces a las redes sociales de Facebook, hi5 y Bloquo? ¿Posees una cuenta de correo en Yahoo, otra en Hotmail y una tercera en Gmail? ¿Practicas yoga, tai chi, baloncesto y natación? ¿Felicitas el cumpleaños a amig@s, conocid@s y saludad@s? ¿Mantienes un coche, una moto, un ciclomotor y una bicicleta? ¿Eres presidente de la escalera, miembro de la asociación de vecinos del barrio y acudes a las reuniones del colegio de licenciados? Si tienes tal tendencia a dispersarte, tranquil@, tu comportamiento es de lo más normal. Adoleces, como casi todo el mundo, de lo que algun@s psicólog@s llaman miedo a la pérdida de oportunidades, te angustia cerrarte puertas por temor a no reabrirlas jamás. Claro que por ello pagas un alto precio, ¿eres consciente, verdad? ¿Cómo andas de deudas? ¿Te sobra mucho tiempo libre? Y de agotamiento físico y mental, ¿qué tal? “Quien mucho abarca, poco aprieta”. Imita por un instante ese hábito tan típico de las Personas Altamente Sensibles y párate a reflexionar: ¿merece la pena mantener tantas puertas de par en par?

domingo, 1 de febrero de 2009

Pensamientos irracionales

Desde niñ@s, tod@s tenemos bien arraigadas una serie de convicciones que condicionan nuestras relaciones con los demás. Hace más de medio siglo, el psicólogo Albert Ellis delimitó diez de las más frecuentes, a saber:

1. Es necesario para una persona ser querida y aceptada por todo el mundo.
2. Uno tiene que ser muy competente y saber resolverlo todo si quiere considerarse necesario y útil.
3. Hay gente mala y despreciable que debe recibir su merecido.
4. Es horrible que las cosas no salgan como a uno le gustaría.
5. La desgracia humana es debida a causas externas y la gente no tiene ninguna o muy pocas posibilidades de controlar sus disgustos o trastornos.
6. Si algo puede ser peligroso o atemorizante, hay que preocuparse mucho al respecto y recrearse constantemente en la posibilidad que ocurra.
7. Es más fácil evitar que hacer frente a algunas dificultades o responsabilidades personales.
8. Siempre se necesita de alguien más fuerte que un@ mism@ en quien poder confiar.
9. Los sucesos pasados determinan la conducta presente, porque si algo nos afectó mucho, continuará afectándonos indefinidamente.
10. Un@ debe de estar permanentemente preocupado por los problemas de los demás.

Se trata de creencias irracionales, que no responden a una lógica ni son objetivas, pero que nos asaltan constantemente en forma de pensamientos automáticos. Alerta con ellas, ¡no dejes que te amarguen la vida!

(Para saber más: Olga Castanyer: La asertividad, Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao, 1996).