miércoles, 24 de diciembre de 2008

Con omega-3 y moviendo los pies

David Servan-Schreiber es un psiquiatra tan brillante como heterodoxo. Ante la evidencia de que sólo con terapia y psicofármacos no se solucionan los trastornos mentales, se ha dedicado a investigar durante años nuevas vías para aliviar la depresión, la ansiedad y el estrés. Algunas de las fórmulas que defiende pasman de tan sencillas:
–Afirma, por ejemplo, y siempre con datos científicos que lo avalan, que la mayoría de las personas que toman a menudo alimentos con omega-3 no padecen depresión. El omega-3, el “aceite que hace funcionar el cerebro”, es un ácido graso que se encuentra en la caballa, las sardinas, las anchoas, el salmón, las nueces, las algas, etc.
–Nos recuerda también que hacer ejercicio regularmente elimina de la mente esos pensamientos automáticos que tan torturadores pueden llegar a resultar, hace desaparecer las crisis de ansiedad y fortalece las células asesinas del sistema inmunitario (las cuales, conviene no olvidarlo, constituyen la primera línea de defensa de nuestro organismo frente a las enfermedades). Ni siquiera hace falta apuntarse a un gimnasio, basta con caminar a buen ritmo (y sin pararse a mirar los escaparates) durante 20 minutos tres días a la semana.
–Nos demuestra que quienes se despiertan con ayuda de una lámpara que simula el amanecer están de mucho mejor humor durante todo el día. Esta lámpara se programa para encenderse tres cuartos de hora antes de la hora en que suena el despertador y va ganando intensidad hasta que la estancia queda tan iluminada como si afuera brillase el sol y las persianas estuvieran levantadas. Un gusto para nuestro organismo, programado para reactivarse poco a poco en vez de a timbrazos...
–Sostiene que cuidar un animal doméstico o desarrollar una labor de voluntariado puede hacer mucho más que el más potente de los antidepresivos por el bienestar mental de una persona anciana acostumbrada a consumirse de melancolía.
Pocas veces recomendaré una lectura con tanto entusiasmo: David Servan-Schreiber, Curación emocional. Acabar con el estrés, la ansiedad y la depresión sin fármacos ni psicoanálisis. Para quienes viváis en la provincia de Barcelona, sabed que está disponible en la Xarxa de Biblioteques de la Diputació: clic. ¡A disfrutar de la lectura y a difundir lo que aprendáis!

(Y por si lo anterior fuera poco, añado el testimonio de Arthur Kramer: "A base de ejercicio físico el cerebro rejuvenece". http://www.lavanguardia.com/lacontra/20151029/54437525046/la-contra-arthur-kramer.html)

domingo, 21 de diciembre de 2008

Un cuento taoísta

Un campesino chino tenía un caballo que le servía en las tareas del campo. Un día el animal escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano se enteraron de la noticia acudieron para lamentar la desgracia. El campesino les dijo:

–¡Mala suerte, buena suerte! ¿Quién sabe?

Una semana después, el caballo volvió de las montañas y trajo consigo una manada de caballos salvajes. Los vecinos acudieron para felicitar al campesino por su buena suerte. Él volvió a responderles:

–¡Mala suerte, buena suerte! ¿Quién sabe?

El hijo del campesino, tratando de domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todos sus vecinos consideraron aquello una desgracia. El campesino se limitó a decir:

–¡Mala suerte, buena suerte! ¿Quién sabe?

Unas semanas más tarde llegaron al pueblo los funcionarios del ejército del emperador para reclutar a todos los jóvenes que se encontraran en buenas condiciones para la guerra. Cuando vieron al hijo del campesino con la pierna rota, lo dejaron tranquilo. Todos en el pueblo festejaron que el hijo del campesino se había librado de una muerte segura. El campesino volvió a repetir las mismas palabras:

–¡Mala suerte, buena suerte! ¿Quién sabe?

lunes, 8 de diciembre de 2008

Antes de aserrar, mide siete veces

Vivimos en una sociedad consumista en la que comprar productos que no nos resultan indispensables se ha convertido en un estilo de vida. Compramos por costumbre, gastamos de más y nos dejamos arrastrar por la marea consumista sin ni siquiera cuestionarnos por qué. Por ello, pararse a reflexionar un instante acerca de los motivos que nos impulsan a pasar por caja una y otra vez puede resultar un ejercicio de lo más saludable.

A menudo compramos para compensar ciertas frustraciones personales. Sin ir más lejos, ¿quién no se ha hecho alguna vez un “regalo” al acabar una jornada de trabajo especialmente nefasta o tras una bronca doméstica? Un CD o un frasco de perfume pueden ser el caramelo con que endulzar las amarguras cotidianas y recomponer nuestro maltrecho estado de ánimo, mientras planeamos con la imaginación, quizá, unas vacaciones en (una huida a) un país lo más lejano posible. Un caramelo de efecto efímero, sin duda, pero inmediato, que va de perlas cuando se trata de salir del paso y olvidarse cuanto antes de los sinsabores de cada día.

El reto personal que se plantea en este caso es saber enfrentarse a la causa de la frustración, el estrés o la ansiedad que nos llevan a consumir. Si nuestro trabajo es insoportable o en casa no hay quien viva, ¿no sería mejor dar un giro decidido en pos de un estilo de vida más satisfactorio? Claro, que para emprender ciertos cambios hace falta valor, como decía la canción.

Otras veces consumimos por afán de estatus. La mala costumbre de compararse con los que tienen más éxito (léase dinero) y reconocimiento social conlleva efectos secundarios tales como encapricharse de artículos de marca o coches de lujo, pensando ingenuamente que quienes los poseen son más felices o se sienten más queridos.

El desafío que se plantea en este caso es doble. Por una parte, conviene poner en cuestión el concepto de éxito comúnmente aceptado. Por ejemplo, ¿no demuestra quien conduce un coche pequeño mucha más inteligencia que quien va al volante de un mastodóntico y carísimo cuatro por cuatro? ¿Acaso no es de sentido común preferir un utilitario asequible, fácil de mantener, que se aparca en cualquier lado y que contamina poco? ¿No es más libre quien adquiere al contado un humilde cochecito que quien se encadena a un crédito para pagar un cochazo? Cualquiera diría que sí... Y si demostrar inteligencia y actuar con libertad no son manifestaciones de éxito, que venga Dios y lo vea, por decirlo castizamente.

Por otra, hay que dejar de envidiar a los que poseen más que nosotros. Ser auster@, sencill@, frugal o como se le quiera llamar, tiene sus ventajas. No preocuparse por lo que tiene el vecino es sin duda una suerte. Que posea cuatro televisores no significa que disfrute más de la programación. Según la revista Forbes, los masai de Kenia, que viven en cabañas junto a sus rebaños, puntúan igual que l@s multimillonari@s occidentales en las encuestas sobre felicidad. Pues eso, a lo mejor su estilo de vida sin pretensiones también puede considerarse envidiable en algunos aspectos.

Compramos en ocasiones para no desperdiciar una oportunidad única. Si vas a adquirir una camisa que vale 30 euros y te encuentras con que la segunda te sale por la mitad, ¿dejarás pasar la ocasión de ahorrarte 15 euros? Seguramente no. O quizá sí, si eres consciente de que van a desaparecer 15 euros que no estaba previsto desembolsar.

Mecanismos comerciales como las rebajas (con el consiguiente bombardeo publicitario) o el ofrecer productos “irrepetibles” (la típica camiseta con un estampado único, por ejemplo) juegan con esta inseguridad profunda del comprador recolector que busca dar con algo especial para no dejarlo escapar. Pero si te atreves a decidir por ti mism@, no te harán morder el anzuelo ni con el más suculento de los cebos. No estamos en guerra ni hay carestía, las tiendas están siempre bien surtidas, hay productos de todas clases, baratos y en abundancia. Si no compras hoy, ya lo harás mañana. O el mes que viene.

En determinadas ocasiones abusamos de la tarjeta de crédito por puro hastío. ¿Quién no se ha perdido alguna vez en un gran centro comercial para combatir el aburrimiento? Son lugares agradables, de estética cuidada, iluminados con esmero, donde hay toda clase de artículos y tiendas de todos los tamaños, y hasta cines, bares, restaurantes, salas de juegos, boleras y ludotecas. Alicientes no les faltan, desde luego. Qué mejor lugar para relajarse un rato y de paso darse el gustazo de irse a casa con algún cachivache nuevo.

Un paseo por un complejo comercial puede estar muy bien de vez en cuando. Ahora bien, hacer de esta “diversión” una de tus principales formas de ocio ya es harina de otro costal. Si no se te ocurre otra forma mejor de pasar tu tiempo libre, algo importante no marcha bien. Sin duda necesitas aprender a disfrutar de esas cosas que no valen dinero pero que tanto contribuyen a la felicidad personal (una caminata por el campo, pasear en bicicleta junto al mar, contemplar una exposición artística, la alegría de compartir experiencias con los demás...).

También puede ser que nos sumemos a la marea consumista buscando un sentido de pertenencia. Afirman l@s psicólog@s y l@s sociólog@s que formar parte de un proyecto colectivo hace que nos sintamos bien. Hoy en día, cuando la política apenas moviliza a la gente y las iglesias se han vaciado (por suerte), las catedrales del consumismo están abarrotadas. Las compras de Navidad, por ejemplo, son momentos en los que tomar parte en los rituales comunitarios de esa nueva religión laica llamada consumismo, instantes en los que entregarse a un derroche festivo, orgiástico. Igualmente, comprar lo que está de moda no deja de ser un intento de estar al día, de moverse en la dirección que marca la publicidad, de seguir las tendencias que se supone que interesan a todo el mundo.

Todos estos rituales, no obstante, resultan al final bastante vanos. Como en el fondo no hacen otra cosa que fomentar el individualismo, a menudo provocan una inmensa sensación de soledad en medio de la marea humana. Y es que para sentirse parte de un grupo lo que de verdad funciona es tratar de mejorar las relaciones familiares, hacer nuevas y buenas amistades, participar en la vida social del barrio o implicarse en algún tipo de voluntariado. Sin duda, enriquece mucho más llenar tu vida de calidez humana que tu casa de trastos.

En fin, consumimos por tantas y tantas razones distintas de la estricta necesidad... Eso no es ni malo ni bueno, puesto que al final cada uno gasta su dinero como le da la gana, pero no está de más ser consciente de que el impulso consumista a menudo enmascara carencias que no queremos ver.

Una vieja máxima del carpintero prudente decía: “Antes de aserrar, mide siete veces”. Quizá, antes de comprar, convendría pensar al menos durante siete segundos si de verdad nos apetece pasar por caja o si tal vez lo dejamos para otro día. Atreverse a usar libremente la inteligencia nunca está de más. Llegar holgadamente a final de mes, tampoco.

Para saber más:
Adela Cortina: Por una ética del consumo, Taurus, Madrid, 2003.
Alain de Botton: Ansiedad por el estatus, Taurus, Madrid, 2004.
“La suerte de ser austero”, El ciervo, febrero de 2007.
Thomas Hine: ¡Me lo llevo!, Lumen, Barcelona, 2003.
wvw.consumehastamorir.org