lunes, 8 de diciembre de 2008

Antes de aserrar, mide siete veces

Vivimos en una sociedad consumista en la que comprar productos que no nos resultan indispensables se ha convertido en un estilo de vida. Compramos por costumbre, gastamos de más y nos dejamos arrastrar por la marea consumista sin ni siquiera cuestionarnos por qué. Por ello, pararse a reflexionar un instante acerca de los motivos que nos impulsan a pasar por caja una y otra vez puede resultar un ejercicio de lo más saludable.

A menudo compramos para compensar ciertas frustraciones personales. Sin ir más lejos, ¿quién no se ha hecho alguna vez un “regalo” al acabar una jornada de trabajo especialmente nefasta o tras una bronca doméstica? Un CD o un frasco de perfume pueden ser el caramelo con que endulzar las amarguras cotidianas y recomponer nuestro maltrecho estado de ánimo, mientras planeamos con la imaginación, quizá, unas vacaciones en (una huida a) un país lo más lejano posible. Un caramelo de efecto efímero, sin duda, pero inmediato, que va de perlas cuando se trata de salir del paso y olvidarse cuanto antes de los sinsabores de cada día.

El reto personal que se plantea en este caso es saber enfrentarse a la causa de la frustración, el estrés o la ansiedad que nos llevan a consumir. Si nuestro trabajo es insoportable o en casa no hay quien viva, ¿no sería mejor dar un giro decidido en pos de un estilo de vida más satisfactorio? Claro, que para emprender ciertos cambios hace falta valor, como decía la canción.

Otras veces consumimos por afán de estatus. La mala costumbre de compararse con los que tienen más éxito (léase dinero) y reconocimiento social conlleva efectos secundarios tales como encapricharse de artículos de marca o coches de lujo, pensando ingenuamente que quienes los poseen son más felices o se sienten más queridos.

El desafío que se plantea en este caso es doble. Por una parte, conviene poner en cuestión el concepto de éxito comúnmente aceptado. Por ejemplo, ¿no demuestra quien conduce un coche pequeño mucha más inteligencia que quien va al volante de un mastodóntico y carísimo cuatro por cuatro? ¿Acaso no es de sentido común preferir un utilitario asequible, fácil de mantener, que se aparca en cualquier lado y que contamina poco? ¿No es más libre quien adquiere al contado un humilde cochecito que quien se encadena a un crédito para pagar un cochazo? Cualquiera diría que sí... Y si demostrar inteligencia y actuar con libertad no son manifestaciones de éxito, que venga Dios y lo vea, por decirlo castizamente.

Por otra, hay que dejar de envidiar a los que poseen más que nosotros. Ser auster@, sencill@, frugal o como se le quiera llamar, tiene sus ventajas. No preocuparse por lo que tiene el vecino es sin duda una suerte. Que posea cuatro televisores no significa que disfrute más de la programación. Según la revista Forbes, los masai de Kenia, que viven en cabañas junto a sus rebaños, puntúan igual que l@s multimillonari@s occidentales en las encuestas sobre felicidad. Pues eso, a lo mejor su estilo de vida sin pretensiones también puede considerarse envidiable en algunos aspectos.

Compramos en ocasiones para no desperdiciar una oportunidad única. Si vas a adquirir una camisa que vale 30 euros y te encuentras con que la segunda te sale por la mitad, ¿dejarás pasar la ocasión de ahorrarte 15 euros? Seguramente no. O quizá sí, si eres consciente de que van a desaparecer 15 euros que no estaba previsto desembolsar.

Mecanismos comerciales como las rebajas (con el consiguiente bombardeo publicitario) o el ofrecer productos “irrepetibles” (la típica camiseta con un estampado único, por ejemplo) juegan con esta inseguridad profunda del comprador recolector que busca dar con algo especial para no dejarlo escapar. Pero si te atreves a decidir por ti mism@, no te harán morder el anzuelo ni con el más suculento de los cebos. No estamos en guerra ni hay carestía, las tiendas están siempre bien surtidas, hay productos de todas clases, baratos y en abundancia. Si no compras hoy, ya lo harás mañana. O el mes que viene.

En determinadas ocasiones abusamos de la tarjeta de crédito por puro hastío. ¿Quién no se ha perdido alguna vez en un gran centro comercial para combatir el aburrimiento? Son lugares agradables, de estética cuidada, iluminados con esmero, donde hay toda clase de artículos y tiendas de todos los tamaños, y hasta cines, bares, restaurantes, salas de juegos, boleras y ludotecas. Alicientes no les faltan, desde luego. Qué mejor lugar para relajarse un rato y de paso darse el gustazo de irse a casa con algún cachivache nuevo.

Un paseo por un complejo comercial puede estar muy bien de vez en cuando. Ahora bien, hacer de esta “diversión” una de tus principales formas de ocio ya es harina de otro costal. Si no se te ocurre otra forma mejor de pasar tu tiempo libre, algo importante no marcha bien. Sin duda necesitas aprender a disfrutar de esas cosas que no valen dinero pero que tanto contribuyen a la felicidad personal (una caminata por el campo, pasear en bicicleta junto al mar, contemplar una exposición artística, la alegría de compartir experiencias con los demás...).

También puede ser que nos sumemos a la marea consumista buscando un sentido de pertenencia. Afirman l@s psicólog@s y l@s sociólog@s que formar parte de un proyecto colectivo hace que nos sintamos bien. Hoy en día, cuando la política apenas moviliza a la gente y las iglesias se han vaciado (por suerte), las catedrales del consumismo están abarrotadas. Las compras de Navidad, por ejemplo, son momentos en los que tomar parte en los rituales comunitarios de esa nueva religión laica llamada consumismo, instantes en los que entregarse a un derroche festivo, orgiástico. Igualmente, comprar lo que está de moda no deja de ser un intento de estar al día, de moverse en la dirección que marca la publicidad, de seguir las tendencias que se supone que interesan a todo el mundo.

Todos estos rituales, no obstante, resultan al final bastante vanos. Como en el fondo no hacen otra cosa que fomentar el individualismo, a menudo provocan una inmensa sensación de soledad en medio de la marea humana. Y es que para sentirse parte de un grupo lo que de verdad funciona es tratar de mejorar las relaciones familiares, hacer nuevas y buenas amistades, participar en la vida social del barrio o implicarse en algún tipo de voluntariado. Sin duda, enriquece mucho más llenar tu vida de calidez humana que tu casa de trastos.

En fin, consumimos por tantas y tantas razones distintas de la estricta necesidad... Eso no es ni malo ni bueno, puesto que al final cada uno gasta su dinero como le da la gana, pero no está de más ser consciente de que el impulso consumista a menudo enmascara carencias que no queremos ver.

Una vieja máxima del carpintero prudente decía: “Antes de aserrar, mide siete veces”. Quizá, antes de comprar, convendría pensar al menos durante siete segundos si de verdad nos apetece pasar por caja o si tal vez lo dejamos para otro día. Atreverse a usar libremente la inteligencia nunca está de más. Llegar holgadamente a final de mes, tampoco.

Para saber más:
Adela Cortina: Por una ética del consumo, Taurus, Madrid, 2003.
Alain de Botton: Ansiedad por el estatus, Taurus, Madrid, 2004.
“La suerte de ser austero”, El ciervo, febrero de 2007.
Thomas Hine: ¡Me lo llevo!, Lumen, Barcelona, 2003.
wvw.consumehastamorir.org

3 comentarios:

Del dijo...

A bueno!!! Muy buen post para reenviar a quienes me tildan de tacaña: es que no soy tacaña, sino austera!! El auto para vivir, y no vivir para el auto!!! (sigo viajando en bondi-léase bus-)

Calixto, Sánchez,Fernández. dijo...

Un escrito muy bueno, yo a veces me planteo el otro lado, si no fuese por la gente que gasta en cosas para aderezo y estatus, no tendría trabajo...tristemente.
Un saludo.
cali.

Requetemajete dijo...

¿Quién sabe? Tal vez en una sociedad menos consumista la gente dispondría de más dinero para invertir en bienes de esos que se legan a l@s hereder@s. Quizá en una sociedad menos cabreada regalar afecto en forma de joyas sería más habitual. Seguramente en una sociedad menos despilfarradora que no dejase pudrir en los vertederos el oro y la plata de los aparatos electrónicos tendrías acceso a materias primas recicladas y a buen precio. ¿Quién sabe?