domingo, 2 de marzo de 2008

S.O.S. desde la urbanización

“Vivir en el campo, lejos de los ruidos, la contaminación y el estrés de la gran ciudad tiene sus ventajas. Eso nos repetíamos mi esposa y yo cuando firmamos el contrato de compra de nuestra casita, en una ¡fantástica! urbanización de la periferia. Calidad de vida, ese era el concepto, ya lo decía el señor don constructor, tan convencido él.

Lástima que uno no se dé cuenta de cómo suena la música hasta que ya está en la fiesta. Hoy puedo decir que tengo callos en las manos de tanto agarrar el volante. Para ir al trabajo, coche; la compra, en coche; al colegio de los niños, en coche; al médico, en coche; salir a divertirse, o en coche o bien en coche...

Y esto es lo de menos. ¡Qué acogedor era mi barrio! ¡Y qué cerca de casa estaba todo! Las tieeendas, los baaares, el centro cííívico, el paaarque, el ambulatooorio, la farmaaacia... ¿Y la vida en la calle? Los veciiinos, los amiiigos, los conociiidos, los saludaaados... ¡¡¡Hasta los enemigos!!! Por echar, echo de menos hasta a mis enemigos...

Vamos, que el señor constructorcito nos vendió una motito que no funcionita. Ya estamos buscandito un incautito que nos la comprite para regresar al barriito. Y ya lo dejito, que esta situacioncita me está alterandito...”

(Las ciudades compactas mediterráneas, donde es posible la vida social y en las que todo está a mano, ofrecen a sus habitantes una gran calidad de vida, pues no en vano han sido concebidas para las personas. Las ciudades extensas de estilo norteamericano, donde hasta para comprar el diario hay que coger el coche, no, por más que posean un pedazo de jardín. Que no te vendan lo contrario: clic.)

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