lunes, 11 de febrero de 2008

Como Dubai, dos no hay

La ciudad de Dubai es un lugar inigualable. Uno puede esquiar en medio del desierto, en una fantástica pista cubierta de nieve artificial, alojarse en el hotel más lujoso del mundo, subirse al rascacielos más alto del planeta o darse un paseo en barca por alguna de las urbanizaciones que se han construido sobre islas artificiales, a modo de nuevas Venecias del Golfo.

La realidad, como suele pasar, no es tan agradable como la pintan los folletos turísticos. Semejante “desarrollo” (financiado en parte con dinero blanqueado) se ha conseguido a costa de un consumo descomunal de energía y materiales de construcción, a costa de remover millones de toneladas de arena del fondo del mar y a costa de hacer sudar sangre a miles de trabajadores importados a precio de saldo de países como Paquistán. Además, como el transporte público es insuficiente, los dubaitíes se pasan media vida atrapados en embotellamientos.

En fin, Dubai, en muchos aspectos, bien merecería el Premio a la Ciudad Infernal. De algún modo, las propias autoridades de los Emiratos Árabes Unidos han reconocido este fracaso al encargar al arquitecto Norman Foster el diseño de una ciudad muy distinta, Masdar, que dará cobijo a 50.000 personas, a finales de 2009, en una zona desértica del centro del país.

Masdar (en árabe, ‘la fuente’) será una ciudad totalmente sostenible, abastecida únicamente con energías renovables (eólica y fotovoltaica), que no emitirá ni un gramo de dióxido de carbono a la atmósfera. No habrá coches, y sus habitantes se desplazarán gracias a un metro ligero con paradas distribuidas por toda la ciudad. Las calles, estrechas y sombreadas, se beneficiarán de un ingenioso sistema de torres de ventilación capaz de crear un microclima agradable.

¡Fantástico! ¡Ya están tardando en construirla!

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