jueves, 1 de noviembre de 2007

Turistas y turistillas

P. es un amante del bebercio sin don de lenguas. Cuando viaja repite hasta la saciedad su palabra favorita, beer, sin tomarse siquiera la molestia de averiguar cómo se pide la bebida más refrescante en la lengua de l@s nativ@s. Le gusta olvidarse de que en su país es un simple currante y fardar de billetera, especialmente si se trata de comprar compañía mercenaria a precio de saldo. Siempre se ríe cuando explica que, para él, los mejores monumentos de cada país no forman parte precisamente del patrimonio arquitectónico.

Nadie diría que K., la hermana de P., fue fabricada en el mismo molde. Viajera de curiosidad insaciable, siempre ha mirado con simpatía la diversidad cultural que encuentra a su paso. Opina que cualquier viaje es una oportunidad de crecer, que un@ regresa a casa enriquecid@, con la mochila interior repleta, si ha aprendido un puñado de palabras nuevas y ha vivido de cerca las costumbres y tradiciones locales. Cada vez que observa las piezas de artesanía que adornan su salón rememora los buenos momentos pasados y se siente contenta de haber contribuido a su manera al bienestar económico de quienes con tanto esmero las elaboraron.

El turismo es una industria sin chimeneas. Para muchas naciones pobres constituye una fuente de ingresos fundamental. La riqueza que los turistas dejan en los países que visitan hace posible que muchas personas se libren de la emigración por motivos económicos. Ahora bien, el turismo es un arma de doble filo. A menudo contribuye a degradar el entorno natural y, lo que es peor, puede favorecer determinadas formas de explotación humana. Ser turista requiere un compromiso ético. La OMT, con motivo del Día Mundial del Turismo Responsable (14 de noviembre), nos lo recuerda: clic.

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